martes, 27 de octubre de 2015

los cuatro paradigmas de la filosofía

LOS CUATRO PARADIGMAS DE LA FILOSOFÍA

1) EL PARADIGMA ANTIGUO (siglos VIII a.C. - III d. C.):

Este paradigma es, en cierto sentido, el más importante de todos, puesto que funciona como germen o semilla del pensamiento occidental, base de toda la racionalidad teórica y práctica venidera, incluida, por supuesto, la ciencia. Se divide en tres etapas.
a) El paso del mito al logos (Grecia arcaica, siglos VIII-VI a. C.)
La filosofía surge en la antigua cultura griega, alrededor de los siglos VII-VI. ¿Por qué aparece allí y no en cualquier otro lugar? La razón hay que buscarla en la mitología griega. Las obras de Homero (Ilíada, Odisea) y de Hesíodo (Los trabajos y los días, Teogonía) recogen, en forma de epopeyas[1], todo "el saber" de la tradición griega, que hasta entonces se había transmitido sólo de manera oral (porque aún no se disponía del alfabeto griego). Son importantes para la filosofía (y para el pensamiento occidental en general), porque en ellas se plantean de forma velada e implícita numerosas cuestiones que atañen al ser humano y que llegan hasta nosotros: ¿cuál es el sentido de la vida? ¿en qué consiste la condición humana? ¿qué son la virtud, el bien y el valor? ¿a qué clase de fuerzas estamos sujetos nosotros y el mundo? ¿existe la justicia natural o sólo la que establece el ser humano? ¿hay orden y sentido en el mundo o todo es puro caos, sinsentido y tragedia?...
La mitología griega no se planteaba estas preguntas de forma explícita, ni mucho menos respondía de manera clara y precisa. Se limitaba a contar "grandes acontecimientos", como la guerra de Troya (en la Ilíada), el viaje de regreso a casa de Ulises (Odisea) o el origen de los dioses (Teogonía). Cuando oían esos relatos, a los griegos poco les importaba, en principio, saber si eran ciertos o no. Lo importante es que esas historias eran relevantes, tenían sentido e invitaban a la reflexión[2]. Es, precisamente, esta invitación a la reflexión lo que alimentó la curiosidad de la filosofía.
Si consideramos, por ejemplo, la Ilíada de Homero, donde se narra la guerra de Troya y la cólera de Aquiles, veremos que no hay "buenos" ni "malos", sino que cada personaje tiene su razón de ser. Aquiles, Héctor, Odiseo, Paris, Agamenón, Helena, etc., viven y luchan en una guerra trágica y sangrienta, pero todos se limitan a vengar la muerte de sus seres queridos o bien a conservar su honor (es decir, actúan por razones que no pueden esquivar). Por eso, podemos afirmar que en los mitos griegos, en las grandes obras de Homero y de Hesíodo, hay una razón latente, un lógos que explica, justifica e interrelaciona todos los acontecimientos y todas las decisiones[3]. Por eso, no debe extrañarnos que la primera pregunta filosófica (y el origen del pensamiento racional), haya surgido de la mitología griega, y sea esta: ¿por qué y cómo puede haber orden (sentido, razón) en el puro caos (sinsentido, tragedia)?[4]
La primera pregunta filosófica se la plantearon unos pensadores llamados "presocráticos" (denominados así porque vivieron antes que Sócrates), que habitaron en ciertas colonias griegas de Asia Menor (actual Turquía) y en el sur de Italia. Su pregunta fue la siguiente: ¿Por qué el cosmos (la realidad) es orden y no puro caos? En otras palabras: ¿Por qué las cosas son lo que son: el cielo, cielo, la tierra, tierra, los mortales, mortales, los dioses, dioses, etc.? No querían saber por qué los hombres morían y los dioses eran eternos, ni por qué la tierra está abajo y el cielo arriba, etc. (eso cae de cajón), sino qué es lo que impone un orden a las cosas y permite que cada una ocupe su lugar propio. ¿Existe algún principio rector que ordene y regule la naturaleza? ¿O todo es caótico y ocurre por azar? A ese principio rector lo llamaban arjé, y cada presocrático propuso una teoría al respecto, justificándola racionalmente.
b) El giro antropológico de la filosofía (Grecia clásica, siglos V-IV a. C.)
En el siglo V a. C. surge, en Atenas, la primera democracia de la historia. Gracias al interés de los ciudadanos en la política, los griegos, en especial los atenienses, experimentaron un florecimiento cultural en todos los ámbitos: económico, artístico, literario, científico, político y, por supuesto, filosófico. En esta época de esplendor cultural aparecen Sócrates y los sofistas, seguidos de Platón y, por último, Aristóteles. Todos tienen en común fijar su atención en el ser humano: el conocimiento, la virtud, la justicia. La filosofía se dedicará a la búsqueda de criterios de validez racionales y universales, que permitan dar legitimidad, de manera racional, en todo tipo de ámbitos de la cultura humana, especialmente el saber, la moral y la política.
El debate filosófico que recorre esta época, y que marcará para siempre el pensamiento occidental hasta nuestros días, es la tensión entre dos conceptos: physis ("naturaleza") y nómos ("convención"). Planteado en una pregunta, sería: ¿Es posible justificar los criterios de validez en la naturaleza (aludiendo a una verdad/realidad independiente de nuestro punto de vista), o más bien son productos artificiales y creaciones culturales que sólo funcionan por acuerdo mutuo entre diversas personas, y varían de una cultura a otra, de una época a otra, de forma inevitable? La filosofía, como razón teórica, se pregunta: ¿Existe la verdad independiente de nuestra cultura y puntos de vista? Por su parte, la filosofía, como razón práctica, se pregunta: ¿Es posible encontrar definiciones exactas y universales del bien moral y de la justicia que nos dicten cómo deberían ser el comportamiento humano y la sociedad?
Los sofistas defenderán posiciones escépticas y relativistas, mientras que Sócrates y su discípulo Platón defenderán el idealismo. Por su parte, Aristóteles, discípulo de Platón, será el primer pensador en proponer el realismo. Todos ellos (incluidos los sofistas) impregnarán el pensamiento occidental hasta nuestros días, porque fueron ellos los que nos enseñaron a pensar.
c) El Helenismo (s. III a. C.- IV d. C.)
Ver segundo párrafo página 18 del libro de texto (resumen).

2) EL PARADIGMA MEDIEVAL (Edad Media)
En el año 313 de nuestra era, el emperador romano Constantino decreta la oficialización del cristianismo, considerando herejía cualquier otra forma de pensamiento (Edicto de Milán).
El paradigma medieval comienza, por tanto, con un cambio radical en la manera de concebir el mundo. La idea clave es la creencia en Dios como Primer Principio, creador del mundo y del ser humano a su imagen y semejanza. Durante este paradigma, la filosofía se convertirá en sierva de la teología, y se cristianizarán las obras de Platón y, más tarde, de Aristóteles.
En filosofía, se distinguen dos etapas durante la Edad Media. La patrística y la escolástica.
a) La patrística debe su nombre a los llamados "Padres de la Iglesia", una serie de teólogos cristianos que sentaron las bases de la unidad del dogma católico.  Entre todos ellos, destaca la figura de San Agustín de Hipona (s. V d. C.). Su conocimiento de la filosofía platónica le valió la opción de usar el pensamiento de Platón para justificar racionalmente la doctrina católica. Tal vez sin sospecharlo, San Agustín sentó las bases para el principal debate filosófico-teológico: la tensión entre la razón humana y la fe religiosa. Planteado en una pregunta: ¿puede la razón humana justificar y demostrar todas las verdades religiosas o hay algunas (si no todas) que se escapan y son indemostrables, accesibles sólo por la fe?
Por otra parte, hay que reconocer que, gracias a San Agustín, la filosofía de Platón (aunque en gran medida manipulada por la religión) sobrevivió a la Edad Media.
b) La escolástica se llama así porque en los últimos siglos de la Edad Media aparecen las primeras Universidades, dedicadas en principio a la teología -pues estaban regidas por autoridades religiosas- pero donde también se desarrollaban estudios en lógica, matemáticas, gramática, etc. En estos círculos universitarios se gesta buena parte del conocimiento que dará origen al Renacimiento y al cambio de paradigma.
Son característicos de la escolástica dos pensadores de gran calibre: el católico Santo Tomás de Aquino (s. XIII) y el musulmán Averroes (s. XII). Ambos elevaron al máximo nivel el debate entre razón y fe. Averroes defendía que todas las verdades de fe podían justificarse racionalmente. Por su parte, Sto. Tomás de Aquino sostenía, apoyándose en Aristóteles (y cristianizándolo), que el conocimiento humano estaba limitado al mundo natural y a ciertas verdades metafísicas, pero hay dogmas, como la Santísima Trinidad, que sólo se pueden conocer a través de la fe.
Le debemos a los árabes la conservación de buena parte del saber antiguo. Gracias a Tomás de Aquino y a las universidades de la escolástica, las obras silenciadas durante siglos regresaron a Europa, aunque, eso sí, muchas veces de forma clandestina.
Cabe destacar, por último, a Guillermo de Ockham (s. XIV), fraile franciscano defensor del llamado nominalismo. Según el nominalismo, el conocimiento humano maneja conceptos abstractos cuyo significado es artificial. O bien generalizamos conceptos a partir de la observación, o bien les asignamos significados de forma convencional.  En modo alguno representan la esencia de la mente divina, con la que Dios creó el mundo. Con esta crítica a la teología medieval, Guillermo de Ockham sentó las bases para el siguiente paradigma, que se preguntará: ¿cuáles son los límites del conocimiento humano? ¿Es posible la teología como ciencia? Por otra parte, sin pretenderlo, reabrió el antiguo debate (enmudecido durante la Edad Media) sobre el relativismo y el escepticismo.

3) EL PARADIGMA MODERNO (siglo XV-XVIII)
El primer pensador moderno fue René Descartes (Francia, s. XVI). Influido por la ciencia moderna que, desde Copérnico hasta Galileo se había venido desarrollando, Descartes se planteó, en clave moderna, la pregunta filosófica radical y reinició, con ello, toda la filosofía. ¿En qué consiste esa pregunta radical? Tal y como podemos apreciar en los textos del "Discurso del método" (pp. 22 y 23 del libro de Anaya), Descartes se propone tomar como verdadero únicamente aquello que sea evidente por sí mismo desde el punto de vista racional. Siguiendo esta regla (primera regla del método[5]), Descartes llevará a cabo su famosa "duda metódica", que consiste en poner absolutamente todo en duda, para ver qué sobrevive, es decir, llevar al extremo el escepticismo para comprobar si al menos hay algo que resulte indudable y, a la vez, evidente (cierto, verdadero a ojos vista). En caso de encontrarlo, se convertirá automáticamente en punto de partida del conocimiento, en la primera piedra del edificio del saber humano. Veamos los tres pasos de la duda metódica:
1º) Dudar de los sentidos: Descartes desconfía, en primer lugar, de lo que percibimos a través de nuestros sentidos, pues lo que vemos, oímos, olemos, etc., depende de nuestro punto de vista y a veces nos induce a error (pensemos en los espejismos en el desierto).
2º) Dudar de la diferencia entre el sueño y la vigilia: Descartes imagina la imposibilidad de distinguir entre estar dormidos y estar despiertos. ¿Y si la realidad es un sueño? ¿y si los sueños son un sueño dentro de ese sueño? Piensa en las ocasiones en que vivimos sueños totalmente creíbles y realistas.
3º) Tras los dos pasos anteriores, Descartes dice que sólo hay algo que sobrevive a la duda, y es la evidencia de la lógica y de las matemáticas. Porque, en efecto, 2+2=4 es tan cierto en un sueño como en un espejismo. Pero el filósofo se pregunta... ¿Y si Dios es en realidad un genio maligno que se entretiene engañándonos y nos ha hecho pensar que, en efecto, 2+2=4 cuando, en realidad, no fuese cierto? ¿Y si la evidencia, incluso de las matemáticas y la lógica, es un engaño al que nos ha inducido ese genio maligno?
Tras la metódica no queda, aparentemente, nada que podamos tener por absolutamente cierto e indudable. ¿Ha llegado Descartes, con ello, al escepticismo radical? No. Él se apresura en señalar algo que siempre sobrevive a la duda metódica, algo que resulta indudable sea cual sea nuestro grado de escepticismo. ¿Qué es? Pues sencillamente el hecho de que estamos dudando, que somos un ser que pone todo en duda. Y dudar, según Descartes, es una forma de pensar y de reflexionar. De ahí su famosa frase: "Pienso, por lo tanto, existo"; en latín: Cogito ergo sum.
Con esta frase, Descartes establece la idea clave de todo el paradigma moderno: el sujeto de conocimiento. Para los modernos, la verdad (y, por tanto, los criterios de validez) habrá que buscarla en el sujeto de conocimiento, porque siempre dependerá de él[6]. A partir de ahí, la filosofía se preguntará: ¿cómo es el sujeto de conocimiento? ¿Es racional, universal y necesario o, por el contrario, es subjetivo (dependiente de nuestro punto de vista), particular y contingente[7]?
A partir de Descartes, surgen dos filosofías opuestas a lo largo del siglo XVII, el empirismo y el racionalismo, que se diferencian por la forma en que responden a la anterior pregunta. Para los racionalistas, el sujeto de conocimiento es la razón pura, que es la misma para todas las personas que se propongan ser racionales; por tanto, es universal y necesaria, y tiene, además, naturaleza matemática. Los racionalistas (como Leibniz y Spinoza) consideran, al igual que lo había hecho con anterioridad el científico Galileo, que, así como la razón humana es de naturaleza lógica-matemática, así también lo es el mundo natural que intentamos conocer: un mundo "escrito" según leyes matemáticas.
Por el contrario, los empiristas (como Locke, Berkeley y Hume) criticarán la posibilidad de la razón pura. En su opinión, la razón humana está sujeta y atada a la experiencia sensible que varía de persona en persona. La sensibilidad y los hábitos y costumbres que adquirimos culturalmente hacen imposible, para los empiristas, la existencia de una razón universal y necesaria[8].
El debate entre racionalismo y empirismo[9], que atraviesa la modernidad, será resuelto por Inmanuel Kant en el siglo XVIII. En su Crítica de la razón pura, Kant logrará una síntesis entre las dos filosofías enfrentadas. El sujeto de conocimiento, según la solución kantiana, no es ni un sujeto empírico que varía de persona en persona, ni un sujeto racional puro presente en todos nosotros de forma universal y necesaria. En realidad, dice Kant, el auténtico sujeto de conocimiento que justifica y legitima racionalmente todo el saber humano es la intersubjetividad, esto es, la relación entre todos los sujetos empíricos, sin que ninguno quede fuera[10]. Con ello, Kant establece los límites del conocimiento humano: no se puede conocer aquello que trasciende (o va más allá de) la intersubjetividad[11]. Kant valida la ciencia de Newton y las matemáticas (las considera intersubjetivas); en cambio, invalida la teología y la metafísica (en su opinión, superan los límites de la razón humana, las acusa de dogmatismo en su afán de presentarse como saberes verdaderos).

4) EL PARADIGMA CONTEMPORÁNEO: EL GIRO LINGÜÍSTICO DE LA FILOSOFÍA (Siglos XIX-actualidad)
Lo primero que debemos poner en claro es que este paradigma, al no estar cerrado, es totalmente discutible[12]. En segundo lugar, este paradigma consta de innumerables corrientes filosóficas, muchas más que las de los tres anteriores paradigmas juntos. Y todas ellas surgen, de forma directa o indirecta, a partir de Kant. A esta situación (enriquecedora por una parte, caótica por otra) se le llama el prisma kantiano. En efecto, Kant actúa como un prisma: recibe dos haces de luz (empirismo y racionalismo) y proyecta todo un espectro de colores. ¿Cómo es esto posible? ¿Acaso Kant no había solucionado el debate filosófico?
a) La paradoja o contradicción de la filosofía kantiana:
En efecto, Kant resolvió el debate entre racionalistas y empiristas, y todo gracias a su noción de "sujeto trascendental de conocimiento" o "intersubjetividad". Pero, en el siglo XIX, tres filósofos kantianos, conocidos como "la triple H": Hamman, Herder y Humboldt, se percataron de que Kant había caído en una contradicción: ¿cómo es posible justificar la intersubjetividad? ¿cómo es posible demostrar que el sujeto trascendental del conocimiento es válido? ¿no incurre Kant en metafísica? ¿no supera los límites del conocimiento que él mismo estableció? [13]
La filosofía de Kant, por lo que respecta al concepto "intersubjetividad", es conflictiva, contradictoria, paradójica. Kant se eleva sobre el conocimiento humano para señalar sus límites. Pero esa posición "desde arriba" que le permite hablar de "intersubjetividad" es inestable. Corre el riesgo de volverse dogmática y metafísica. En otras palabras: la escalera que utiliza Kant para ascender y ver los límites del conocimiento humano es una escalera que supera esos mismos límites. Por eso, Kant dijo: la filosofía sólo puede mantenerse en forma de crítica, en forma de constante pregunta. Pero, a la vez, Kant dio por válida la intersubjetividad. Y esto último es, precisamente, lo que denuncia "la triple H".
En suma: la posición kantiana es conflictiva y problemática.

b) Las llamadas "filosofías de la sospecha":
En el siglo XIX encontramos diversas corrientes filosóficas. Aparece una filosofía muy influyente llamada idealismo absoluto, que trata de superar los límites del conocimiento impuestos por Kant. Sus principales representantes son Fichte, Schelling, Hölderlin y Hegel. Todos ellos entroncan con el romanticismo, un movimiento cultural que abarca la filosofía, el arte y la literatura y que se construye sobre el sentimiento de fracaso de la Revolución Francesa y de los ideales racionales de la Ilustración que había experimentado Europa en el siglo de Kant, el XVIII, también llamado "siglo de las luces".
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, durante el desarrollo de la industrialización, aparecen tres filosofías independientes unas de otras que, sin embargo, son catalogadas como "filosofías de la sospecha". Pero, ¿sospecha de qué? Se trata de pensamientos que ponen en jaque o en tela de juicio no sólo a Kant, sino el edificio entero del conocimiento occidental. Nos referimos a las filosofías de Marx y Nietzsche y a la psicología de Freud. A grandes rasgos, podríamos presentarlas del siguiente modo:
1) Marx pondrá de relieve por primera vez un nuevo género de esclavitud en que se hallan las sociedades industriales: la alienación de los trabajadores. Estos dedican su esfuerzo no para disfrutar el producto de su trabajo, sino para enriquecer el capital de su patrón. El marxismo dirigirá la filosofía de la teoría a la praxis, primero analizando el sistema capitalista, luego, mostrando sus contradicciones para, acto seguido, llamar a la revolución y al cambio de sistema. La influencia del marxismo en la historia occidental es tan decisiva que el último siglo y medio resulta incompresible sin él.
2) Nietzsche denunciará que todo el pensamiento occidental hasta la fecha es puro nihilismo, porque se construye sobre ideas e ideales que son "trasmundos imaginarios". El nihilismo, en opinión de Nietzsche, atraviesa Occidente desde la antigua Grecia, pasando por la religión medieval y la ciencia moderna, hasta la época industrial. ¿Qué efectos provoca el nihilismo? En una frase: la negación de la vida, que se oculta bajo trasmundos imaginarios. Su filosofía tratará de ofrecer conceptos e ideas capaces de "liberar" esa vida que siempre hemos ocultado. Su influencia ha sido tan grande que muchos filósofos lo consideran el auténtico padre de la postmodernidad.
3) Freud, inventor del psicoanálisis, removerá igualmente los pilares del pensamiento tradicional al hablar por primera vez de un elemento inquietante, pero, en su opinión, presente y efectivo en la conciencia humana: el inconsciente. ¿Hasta qué punto el sujeto de conocimiento está determinado por fenómenos psicológicos insospechados que no se pueden controlar?
Junto a Kant, los filósofos de la sospecha influyen en buena parte de las filosofías del siglo XX.

c) El giro lingüístico de la filosofía:
El giro lingüístico de la filosofía consiste en la enorme importancia que le otorga la filosofía contemporánea al estudio del lenguaje. El lenguaje desbanca al sujeto de conocimiento como idea clave del paradigma. ¿En qué sentido?
Hay dos tesis que establece el giro lingüístico y que asumirán, de un modo u otro, diversas corrientes filosóficas (prácticamente todas) hasta la actualidad. Ambas tesis fueron establecidas por primera vez por la "triple-H" (Hamman, Herder y Humboldt) a comienzos del XIX, pero no se comenzaron a asimilar hasta el siglo XX.
1ª tesis: La concepción tradicional del lenguaje es errónea: hasta el siglo XIX, se pensaba que el lenguaje humano funciona como un instrumento para representar (nombrar, pensar, traer a colación, imaginar, señalar, etc.) realidades independientes (objetos, cosas, referentes externos). Los filósofos de la triple H serán los primeros en criticar el valor instrumental del lenguaje, como veremos a continuación.
2ª tesis: No es posible que el lenguaje capture ni represente realidades extralingüísticas de forma pura. Cualquier referente externo se trasforma en significado por medio del lenguaje y, al transformarse, el referente se pierde. Por lo tanto, dependiendo del lenguaje que usemos, estableceremos, sin querer, distintos significados de la misma realidad. En otras palabras: el lenguaje crea la realidad en el mismo acto de capturarla.
A partir de estas dos tesis se desprenden una serie de consecuencias que por ahora solo mencionamos, tendremos ocasión de ver algunas con más detalle a lo largo del curso:
-Se genera una atmósfera relativista extrema: hay tantas realidades posibles como lenguajes. Parece imposible sostener criterios de validez en este panorama.
-Se exploran filosóficamente los límites de los lenguajes humanos: desde lenguajes lógicos hasta lenguajes poéticos y creativos.
-Se replantea el estudio de la filosofía tradicional desde nuevas perspectivas, antes insospechadas.
-Buena parte de la filosofía se dedica a describir y analizar filosóficamente los lenguajes de la ciencia, de la moral y del derecho.
-Por último, se ofrecen una serie de propuestas para resolver el problema del relativismo extremo sin renunciar a las dos tesis del giro lingüístico.
En suma, el paradigma contemporáneo puede presentarse como un intento de la filosofía para ofrecer criterios de validez tomando como idea clave el lenguaje.



[1] Las epopeyas son narraciones poéticas (escritas en versos) que tratan de recordar un gran acontecimiento en torno a un personaje ilustre. Así, por ejemplo, el protagonista de la Ilíada es Aquiles, el de la Odisea Ulises (u Odiseo); en las obras de Hesíodo los protagonistas son los dioses y los titanes (semidioses que nacieron antes que los mortales). Para más información sobre mitología griega consultar la excelente obra de Robert Graves, Los mitos griegos.
[2] Según el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer (s. XX), es un prejuicio tachar a la mitología griega de "politeísmo religioso". En Homero y en Hesíodo se describen los dioses, los titanes, los semidioses y los principales héroes mortales, pero todo ello a través de narraciones mucho más cercanas a la literatura que a la religión: no son "libros sagrados", no presentan dogmas de fe, sino historias dignas de contar, porque no dejan indiferente a quien las lee o a quien las oye recitadas por el poeta.
[3] Aquiles mata a Héctor, porque Héctor mató a su mejor amigo. Héctor mató al mejor amigo de Aquiles para defender a su hermano Paris. Paris es odiado por los aqueos porque secuestró a Helena, hija de Agamenón. Agamenón, rey de los aqueos, quiere defender su honor. Helena y Paris están enamorados. Paris mata a Aquiles para salvar su propia vida, etc., etc. En las epopeyas mitológicas todos los comportamientos, tanto de los dioses como de los mortales, están interrelacionados y tienen su "razón de ser".
[4] La mitología griega define la vida como pura tragedia, guerra, lucha, insatisfacción y pérdida. Pero, al mismo tiempo, describe la gloria, el honor y la grandeza de los mortales que forjan un sentido, un carácter de ser, en esa lucha y cuenta atrás para dejar huella. La filosofía, por el contrario, tratará de hallar sentido a través del pensamiento, sin plasmarlo en personajes literarios ni epopeyas.
[5] El método cartesiano (o método de Descartes) consta de 4 sencillas reglas que, a su juicio, debemos aplicar para ser fieles a la razón cualquiera que sea nuestro objeto de estudio. La primera regla, como hemos dicho, es la evidencia: no tomar por verdadero nada que no hayamos examinado y percibido como evidente y absolutamente cierto en sí mismo. La segunda regla, llamada "análisis", consiste en afrontar los problemas que deseamos resolver dividiéndolos en sus partes más simples, empezando por lo más simple y fácil para llegar, poco a poco, a lo complejo. Por ejemplo, si queremos estudiar la naturaleza geométrica del triángulo, Descartes propone dividirlo en sus elementos más simples y fácilmente comprensibles (ángulos, puntos, líneas), para comprobar cómo funcionan en dicho polígono. La tercera regla es inversa a la anterior, se llama "síntesis": consiste en recomponer lo complejo que habíamos dividido, entendiendo cómo se organizan y estructuran sus elementos simples que lo constituyen (en el ejemplo del triángulo, la síntesis sería comprender que todo triángulo es un polígono de tres lados, de ángulos cuyos vértices vienen marcados por tres puntos y donde la suma de los ángulos no debe superar los 180 grados). Por último, y no menos importante, la cuarta regla es la "memoria" o "enumeración", que consiste en asignar un orden numérico a todos los pasos que hemos realizado en nuestro estudio, para no olvidarnos de nada y que por un despiste alteremos el resultado.
[6] Una buena forma de representar artísticamente la idea clave de la modernidad (el sujeto de conocimiento), la encontramos en Las Meninas de Diego Velázquez. El artista se autorretrata pintando la propia obra. Con ello, Velázquez nos dice: "la realidad depende del sujeto que la reconstruye".
[7] Los conceptos "necesario" y "contingente" son opuestos en filosofía. El primero significa "aquello que es sí o sí", "aquello que ocurre de todas todas"; en cambio, contingente significa "aquello que puede ser o, por el contrario, puede no ser". Por ejemplo, necesario es el hecho de que, si llueve y no llevamos paraguas, nos mojamos; en cambio, contingentes son las predicciones meteorológicas a largo plazo, como que dentro de 60 días lloverá en Ceuta. Se dice que las verdades matemáticas (2+2=4) son necesarias; en cambio, se considera que todas las conjeturas, suposiciones, hipótesis y pronósticos son contingentes.
[8] Por ejemplo, un empirista diría: Sabemos que si tocamos el fuego nos quemamos porque lo hemos aprendido a través de nuestra experiencia, habiéndolo hecho de niños o bien creyendo en los consejos que nos advierten. Un racionalista, por el contrario, diría: es posible comprender la ley física universal que justifique, con precisión matemática y de forma universal y necesaria, por qué el fuego nos quema. Los empiristas no niegan la validez de las ciencias, pero limitan la capacidad racional del sujeto de conocimiento a la experiencia y a la costumbre.
[9] Este debate es la repetición del antiguo entre physis y nómos, sólo que presentado en clave moderna.
[10] Kant llama a la intersubjetividad "sujeto trascendental del conocimiento". Dicho sujeto trascendental no soy "yo", ni "tú", ni "ella", ni "él"; somos "nosotros" y, puesto que no es nadie en particular, puede afirmarse que el sujeto trascendental está entre nosotros. Alguien puede preguntarse... ¿Y no es eso exactamente lo que decían los racionalistas? No. Para los racionalistas, cualquier persona que razone se convierte en sujeto racional puro. Para Kant, en cambio, esa posibilidad supera los límites del conocimiento humano. La razón pura no se realiza en nadie; dicho en otras palabras: nadie tiene la capacidad de razonar de forma pura. Por tanto, si somos capaces de ponernos de acuerdo en criterios de validez que sean universales (por ejemplo, si aceptamos la validez teórica universal del conocimiento científico, o la validez práctica universal de los derechos humanos) se debe a que podemos justificarlos de manera intersubjetiva, accesible para cualquiera que desee comprobarla. Esto implica, por otra parte, que cualquiera podría corregir y modificar la verdad establecida, presentando razones a la luz de todos. La intersubjetividad, por lo tanto, es la única barra de medir los límites de la razón humana.
[11] Para los racionalistas, el conocimiento humano guiado por la razón pura no tiene límites, podemos razonar absolutamente todo, incluso la teología. Para los empiristas, en cambio, el conocimiento humano es totalmente precario y débil, pues se encuentra limitado a la experiencia. La importancia de Kant es que logra aportar una solución intermedia, capaz de justificar la validez universal de la física-matemática (Newton) a la vez que limitar el conocimiento humano a todo aquello que sea experimentable y comprobable de manera intersubjetiva.
[12] Así como hay unanimidad a la hora de distinguir los tres paradigmas anteriores, no existe, en absoluto, acuerdo sobre qué caracteriza al paradigma contemporáneo. Sólo se sabe que no estamos en la Modernidad. Para algunos filósofos, no debemos clasificar este paradigma porque aún no está cerrado, y no tenemos la claridad necesaria para capturarlo desde la distancia histórica requerida. Otros filósofos, sin embargo, llaman a nuestro paradigma "postmodernidad", palabra que tuvo enorme éxito, porque se limita a hablar del pensamiento que tiene lugar después de la modernidad. Otros prefieren hablar de "filosofía contemporánea" a secas (como es el caso de los autores del libro de Anaya). En cualquier caso, hay tal diversidad de corrientes filosóficas a partir de Kant que resulta difícil englobarlas en ideas y problemáticas comunes (más allá, evidentemente, de su "amor al saber"). Esta situación provocó el sentimiento de que la filosofía ha descarrilado, o incluso de que la postmodernidad no es más que un revoltijo de corrientes, una especie de chicle indigerible donde todo cabe. No obstante, a partir de las últimas dos décadas ha crecido el acuerdo entre filósofos que optan por denominar a este paradigma "el giro lingüístico de la filosofía", debido a una idea central que parece recorrer, si no todas, casi todas las corrientes desde el siglo XIX hasta la actualidad.
[13] En su obra Crítica de la razón pura, Kant define y justifica la intersubjetividad como único criterio de validez. Podemos decir que, en esa obra, la razón humana se critica a sí misma para comprobar sus límites: si lo representamos en un juicio, ella sería a la vez juez y acusado. Los críticos de Kant dirán: ¿cómo puede haber neutralidad (y objetividad) en un juicio semejante? Si la razón humana se autojuzga limitada, ¿cómo podemos saber que ese veredicto es cierto, ya que está emitido por una razón limitada?

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