LOS
CUATRO PARADIGMAS DE LA FILOSOFÍA
1) EL PARADIGMA ANTIGUO (siglos VIII a.C.
- III d. C.):
Este paradigma es, en cierto sentido, el
más importante de todos, puesto que funciona
como germen o semilla del pensamiento occidental, base de toda la racionalidad
teórica y práctica venidera, incluida, por supuesto, la ciencia. Se divide en tres
etapas.
a) El
paso del mito al logos (Grecia arcaica, siglos VIII-VI a. C.)
La
filosofía surge en la antigua cultura griega, alrededor de los
siglos VII-VI. ¿Por qué aparece allí y no en cualquier otro lugar? La razón hay
que buscarla en la mitología griega.
Las obras de Homero (Ilíada, Odisea) y de Hesíodo (Los trabajos y los días, Teogonía) recogen, en forma de epopeyas[1],
todo "el saber" de la tradición griega, que hasta entonces se había
transmitido sólo de manera oral (porque aún no se disponía del alfabeto griego).
Son importantes para la filosofía (y para el pensamiento occidental en
general), porque en ellas se plantean de forma velada e implícita numerosas
cuestiones que atañen al ser humano y que llegan hasta nosotros: ¿cuál es el
sentido de la vida? ¿en qué consiste la condición humana? ¿qué son la virtud,
el bien y el valor? ¿a qué clase de fuerzas estamos sujetos nosotros y el
mundo? ¿existe la justicia natural o sólo la que establece el ser humano? ¿hay
orden y sentido en el mundo o todo es puro caos, sinsentido y tragedia?...
La
mitología griega no se planteaba estas preguntas de forma explícita, ni
mucho menos respondía de manera clara y precisa. Se limitaba a contar
"grandes acontecimientos", como la guerra de Troya (en la Ilíada), el
viaje de regreso a casa de Ulises (Odisea)
o el origen de los dioses (Teogonía).
Cuando oían esos relatos, a los griegos poco les importaba, en principio, saber
si eran ciertos o no. Lo importante es
que esas historias eran relevantes, tenían sentido e invitaban a la reflexión[2].
Es, precisamente, esta invitación a la reflexión lo que alimentó la curiosidad
de la filosofía.
Si consideramos, por ejemplo, la Ilíada de Homero, donde se narra la
guerra de Troya y la cólera de Aquiles, veremos que no hay "buenos"
ni "malos", sino que cada personaje tiene su razón de ser. Aquiles,
Héctor, Odiseo, Paris, Agamenón, Helena, etc., viven y luchan en una guerra
trágica y sangrienta, pero todos se limitan a vengar la muerte de sus seres
queridos o bien a conservar su honor (es decir, actúan por razones que no
pueden esquivar). Por eso, podemos afirmar que en los mitos griegos, en las
grandes obras de Homero y de Hesíodo, hay una razón latente, un lógos
que explica, justifica e interrelaciona todos los acontecimientos y todas
las decisiones[3]. Por
eso, no debe extrañarnos que la primera pregunta filosófica (y el origen del
pensamiento racional), haya surgido de la mitología griega, y sea esta: ¿por qué y cómo puede haber orden (sentido,
razón) en el puro caos (sinsentido, tragedia)?[4]
La primera pregunta filosófica se la
plantearon unos pensadores llamados "presocráticos"
(denominados así porque vivieron antes que Sócrates), que habitaron en ciertas colonias
griegas de Asia Menor (actual Turquía) y en el sur de Italia. Su pregunta fue
la siguiente: ¿Por qué el cosmos (la realidad) es orden y no puro caos? En
otras palabras: ¿Por qué las cosas son lo que son: el cielo, cielo, la tierra,
tierra, los mortales, mortales, los dioses, dioses, etc.? No querían saber por
qué los hombres morían y los dioses eran eternos, ni por qué la tierra está
abajo y el cielo arriba, etc. (eso cae de cajón), sino qué es lo que impone un
orden a las cosas y permite que cada una ocupe su lugar propio. ¿Existe algún principio rector que ordene y
regule la naturaleza? ¿O todo es caótico y ocurre por azar? A ese principio rector lo llamaban arjé, y cada presocrático propuso una
teoría al respecto, justificándola racionalmente.
b) El
giro antropológico de la filosofía (Grecia clásica, siglos V-IV a. C.)
En el siglo
V a. C. surge, en Atenas, la
primera democracia de la historia.
Gracias al interés de los ciudadanos en la política, los griegos, en especial
los atenienses, experimentaron un florecimiento cultural en todos los ámbitos:
económico, artístico, literario, científico, político y, por supuesto,
filosófico. En esta época de esplendor cultural aparecen Sócrates y los sofistas, seguidos de Platón y, por último, Aristóteles.
Todos tienen en común fijar su atención
en el ser humano: el conocimiento, la virtud, la justicia. La filosofía se
dedicará a la búsqueda de criterios de validez racionales y universales,
que permitan dar legitimidad, de manera racional, en todo tipo de ámbitos de la
cultura humana, especialmente el saber, la moral y la política.
El
debate filosófico que recorre esta época, y que marcará para siempre
el pensamiento occidental hasta nuestros días, es la tensión entre dos conceptos: physis
("naturaleza") y nómos ("convención").
Planteado en una pregunta, sería: ¿Es posible justificar los criterios de
validez en la naturaleza (aludiendo a una verdad/realidad independiente de
nuestro punto de vista), o más bien son productos artificiales y creaciones
culturales que sólo funcionan por acuerdo mutuo entre diversas personas, y
varían de una cultura a otra, de una época a otra, de forma inevitable? La
filosofía, como razón teórica, se pregunta: ¿Existe la verdad independiente de
nuestra cultura y puntos de vista? Por su parte, la filosofía, como razón
práctica, se pregunta: ¿Es posible encontrar definiciones exactas y universales
del bien moral y de la justicia que nos dicten cómo deberían ser el comportamiento humano y la sociedad?
Los
sofistas defenderán posiciones escépticas y relativistas,
mientras que Sócrates y su discípulo Platón
defenderán el idealismo. Por su parte, Aristóteles,
discípulo de Platón, será el primer pensador en proponer el realismo. Todos ellos (incluidos los
sofistas) impregnarán el pensamiento occidental hasta nuestros días, porque
fueron ellos los que nos enseñaron a pensar.
c) El
Helenismo (s. III a. C.- IV d. C.)
Ver segundo párrafo página 18 del libro de
texto (resumen).
2) EL PARADIGMA MEDIEVAL (Edad Media)
En el año 313 de nuestra era, el emperador
romano Constantino decreta la oficialización del cristianismo, considerando
herejía cualquier otra forma de pensamiento (Edicto de Milán).
El paradigma medieval comienza, por tanto,
con un cambio radical en la manera de concebir el mundo. La idea clave es la creencia en Dios como Primer Principio, creador del
mundo y del ser humano a su imagen y semejanza. Durante este paradigma, la
filosofía se convertirá en sierva de la teología, y se cristianizarán las obras
de Platón y, más tarde, de Aristóteles.
En filosofía, se distinguen dos etapas
durante la Edad Media. La patrística y la escolástica.
a) La
patrística debe su nombre a los llamados "Padres de la Iglesia", una serie de teólogos cristianos que
sentaron las bases de la unidad del
dogma católico. Entre todos ellos,
destaca la figura de San Agustín de Hipona
(s. V d. C.). Su conocimiento de la filosofía platónica le valió la opción
de usar el pensamiento de Platón para justificar racionalmente la doctrina
católica. Tal vez sin sospecharlo, San Agustín sentó las bases para el
principal debate filosófico-teológico: la
tensión entre la razón humana y la fe religiosa. Planteado en una pregunta:
¿puede la razón humana justificar y demostrar todas las verdades religiosas o
hay algunas (si no todas) que se escapan y son indemostrables, accesibles sólo
por la fe?
Por otra parte, hay que reconocer que,
gracias a San Agustín, la filosofía de Platón (aunque en gran medida manipulada
por la religión) sobrevivió a la Edad Media.
b) La
escolástica se llama así porque en los últimos siglos de la Edad Media
aparecen las primeras Universidades,
dedicadas en principio a la teología -pues estaban regidas por autoridades
religiosas- pero donde también se desarrollaban estudios en lógica,
matemáticas, gramática, etc. En estos círculos universitarios se gesta buena
parte del conocimiento que dará origen al Renacimiento y al cambio de
paradigma.
Son característicos de la escolástica dos
pensadores de gran calibre: el católico Santo
Tomás de Aquino (s. XIII) y el musulmán Averroes (s. XII). Ambos elevaron al máximo nivel el debate entre
razón y fe. Averroes defendía que todas las verdades de fe podían justificarse
racionalmente. Por su parte, Sto. Tomás de Aquino sostenía, apoyándose en
Aristóteles (y cristianizándolo), que el conocimiento humano estaba limitado al
mundo natural y a ciertas verdades metafísicas, pero hay dogmas, como la
Santísima Trinidad, que sólo se pueden conocer a través de la fe.
Le debemos a los árabes la conservación de
buena parte del saber antiguo. Gracias a Tomás de Aquino y a las universidades
de la escolástica, las obras silenciadas durante siglos regresaron a Europa,
aunque, eso sí, muchas veces de forma clandestina.
Cabe destacar, por último, a Guillermo de Ockham (s. XIV), fraile
franciscano defensor del llamado nominalismo.
Según el nominalismo, el conocimiento humano maneja conceptos abstractos cuyo
significado es artificial. O bien generalizamos conceptos a partir de la
observación, o bien les asignamos significados de forma convencional. En modo alguno representan la esencia de la
mente divina, con la que Dios creó el mundo. Con esta crítica a la teología medieval, Guillermo de Ockham sentó las bases
para el siguiente paradigma, que se preguntará: ¿cuáles son los límites del
conocimiento humano? ¿Es posible la teología como ciencia? Por otra parte, sin
pretenderlo, reabrió el antiguo debate (enmudecido durante la Edad Media) sobre
el relativismo y el escepticismo.
3) EL PARADIGMA MODERNO (siglo XV-XVIII)
El
primer pensador moderno fue René Descartes (Francia, s. XVI).
Influido por la ciencia moderna que, desde Copérnico hasta Galileo se había
venido desarrollando, Descartes se planteó, en clave moderna, la pregunta filosófica
radical y reinició, con ello, toda la filosofía. ¿En qué consiste esa pregunta
radical? Tal y como podemos apreciar en los textos del "Discurso del
método" (pp. 22 y 23 del libro de Anaya), Descartes se propone tomar como verdadero únicamente aquello que sea
evidente por sí mismo desde el punto de vista racional. Siguiendo esta
regla (primera regla del método[5]),
Descartes llevará a cabo su famosa "duda
metódica", que consiste en poner absolutamente todo en duda, para ver
qué sobrevive, es decir, llevar al extremo el escepticismo para comprobar si al
menos hay algo que resulte indudable y, a la vez, evidente (cierto, verdadero a
ojos vista). En caso de encontrarlo, se convertirá automáticamente en punto de
partida del conocimiento, en la primera piedra del edificio del saber humano. Veamos
los tres pasos de la duda metódica:
1º) Dudar
de los sentidos: Descartes desconfía, en primer lugar, de lo que percibimos
a través de nuestros sentidos, pues lo que vemos, oímos, olemos, etc., depende
de nuestro punto de vista y a veces nos induce a error (pensemos en los
espejismos en el desierto).
2º) Dudar
de la diferencia entre el sueño y la vigilia: Descartes imagina la
imposibilidad de distinguir entre estar dormidos y estar despiertos. ¿Y si la
realidad es un sueño? ¿y si los sueños son un sueño dentro de ese sueño? Piensa
en las ocasiones en que vivimos sueños totalmente creíbles y realistas.
3º) Tras los dos pasos anteriores,
Descartes dice que sólo hay algo que sobrevive a la duda, y es la evidencia de
la lógica y de las matemáticas. Porque, en efecto, 2+2=4 es tan cierto en un
sueño como en un espejismo. Pero el filósofo se pregunta... ¿Y si Dios es en
realidad un genio maligno que se
entretiene engañándonos y nos ha hecho pensar que, en efecto, 2+2=4 cuando, en
realidad, no fuese cierto? ¿Y si la evidencia, incluso de las matemáticas y la
lógica, es un engaño al que nos ha inducido ese genio maligno?
Tras la metódica no queda, aparentemente,
nada que podamos tener por absolutamente cierto e indudable. ¿Ha llegado
Descartes, con ello, al escepticismo radical? No. Él se apresura en señalar algo que siempre sobrevive a la duda
metódica, algo que resulta indudable sea cual sea nuestro grado de
escepticismo. ¿Qué es? Pues sencillamente el hecho de que estamos dudando, que
somos un ser que pone todo en duda. Y dudar, según Descartes, es una forma de
pensar y de reflexionar. De ahí su famosa frase: "Pienso, por lo tanto, existo"; en latín: Cogito ergo sum.
Con esta frase, Descartes establece la idea clave de todo el paradigma moderno: el
sujeto de conocimiento. Para los modernos, la verdad (y, por tanto, los
criterios de validez) habrá que buscarla en el sujeto de conocimiento, porque
siempre dependerá de él[6].
A partir de ahí, la filosofía se preguntará: ¿cómo es el sujeto de conocimiento?
¿Es racional, universal y necesario o, por el contrario, es subjetivo
(dependiente de nuestro punto de vista), particular y contingente[7]?
A
partir de Descartes, surgen dos filosofías opuestas a lo largo del siglo XVII,
el empirismo y el racionalismo, que se diferencian por la
forma en que responden a la anterior pregunta. Para los racionalistas, el sujeto de conocimiento es la razón pura,
que es la misma para todas las personas que se propongan ser racionales; por
tanto, es universal y necesaria, y
tiene, además, naturaleza matemática.
Los racionalistas (como Leibniz y Spinoza) consideran, al igual que lo
había hecho con anterioridad el científico Galileo, que, así como la razón
humana es de naturaleza lógica-matemática, así también lo es el mundo natural
que intentamos conocer: un mundo "escrito" según leyes matemáticas.
Por el contrario, los empiristas (como Locke,
Berkeley y Hume) criticarán la posibilidad de la razón pura. En su opinión, la
razón humana está sujeta y atada a la experiencia
sensible que varía de persona en persona. La sensibilidad y los hábitos y
costumbres que adquirimos culturalmente hacen imposible, para los
empiristas, la existencia de una razón universal y necesaria[8].
El
debate entre racionalismo y empirismo[9], que
atraviesa la modernidad, será resuelto por Inmanuel Kant en el siglo XVIII. En
su Crítica de la razón pura, Kant
logrará una síntesis entre las dos filosofías enfrentadas. El sujeto de
conocimiento, según la solución kantiana,
no es ni un sujeto empírico que varía de persona en persona, ni un sujeto
racional puro presente en todos nosotros de forma universal y necesaria. En
realidad, dice Kant, el auténtico sujeto
de conocimiento que justifica y legitima racionalmente todo el saber humano es
la intersubjetividad, esto es, la
relación entre todos los sujetos empíricos, sin que ninguno quede fuera[10].
Con ello, Kant establece los límites del conocimiento humano: no se puede
conocer aquello que trasciende (o va más allá de) la intersubjetividad[11].
Kant valida la ciencia de Newton y las matemáticas (las considera
intersubjetivas); en cambio, invalida la teología y la metafísica (en su
opinión, superan los límites de la razón humana, las acusa de dogmatismo en su
afán de presentarse como saberes verdaderos).
4) EL PARADIGMA CONTEMPORÁNEO: EL GIRO
LINGÜÍSTICO DE LA FILOSOFÍA (Siglos XIX-actualidad)
Lo primero que debemos poner en claro es
que este paradigma, al no estar cerrado, es totalmente discutible[12].
En segundo lugar, este paradigma consta de innumerables
corrientes filosóficas, muchas más que las de los tres anteriores
paradigmas juntos. Y todas ellas surgen, de forma directa o indirecta, a partir
de Kant. A esta situación (enriquecedora por una parte, caótica por otra) se le
llama el prisma kantiano. En efecto, Kant actúa como un prisma: recibe
dos haces de luz (empirismo y racionalismo) y proyecta todo un espectro de
colores. ¿Cómo es esto posible? ¿Acaso Kant no había solucionado el debate
filosófico?
a) La
paradoja o contradicción de la filosofía kantiana:
En efecto, Kant resolvió el debate entre
racionalistas y empiristas, y todo gracias a su noción de "sujeto
trascendental de conocimiento" o "intersubjetividad". Pero, en
el siglo XIX, tres filósofos kantianos, conocidos como "la triple H":
Hamman, Herder y Humboldt, se percataron de que Kant había caído en una
contradicción: ¿cómo es posible justificar la intersubjetividad? ¿cómo es
posible demostrar que el sujeto trascendental del conocimiento es válido? ¿no
incurre Kant en metafísica? ¿no supera los límites del conocimiento que él
mismo estableció? [13]
La filosofía de Kant, por lo que respecta
al concepto "intersubjetividad", es conflictiva, contradictoria,
paradójica. Kant se eleva sobre el conocimiento humano para señalar sus
límites. Pero esa posición "desde arriba" que le permite hablar de
"intersubjetividad" es inestable. Corre el riesgo de volverse
dogmática y metafísica. En otras palabras: la
escalera que utiliza Kant para ascender y ver los límites del conocimiento
humano es una escalera que supera esos mismos límites. Por eso, Kant dijo:
la filosofía sólo puede mantenerse en forma de crítica, en forma de constante
pregunta. Pero, a la vez, Kant dio por válida la intersubjetividad. Y esto
último es, precisamente, lo que denuncia "la triple H".
En suma: la posición kantiana es
conflictiva y problemática.
b) Las
llamadas "filosofías de la sospecha":
En el siglo XIX encontramos diversas
corrientes filosóficas. Aparece una filosofía muy influyente llamada idealismo
absoluto, que trata de superar los límites del conocimiento impuestos por Kant.
Sus principales representantes son Fichte, Schelling, Hölderlin y Hegel. Todos
ellos entroncan con el romanticismo, un movimiento cultural que abarca la
filosofía, el arte y la literatura y que se construye sobre el sentimiento de
fracaso de la Revolución Francesa y de los ideales racionales de la Ilustración
que había experimentado Europa en el siglo de Kant, el XVIII, también llamado
"siglo de las luces".
A partir de la segunda mitad del siglo
XIX, durante el desarrollo de la industrialización, aparecen tres filosofías
independientes unas de otras que, sin embargo, son catalogadas como
"filosofías de la sospecha". Pero, ¿sospecha de qué? Se trata de
pensamientos que ponen en jaque o en tela de juicio no sólo a Kant, sino el
edificio entero del conocimiento occidental. Nos referimos a las filosofías de Marx y Nietzsche y a la psicología de
Freud. A grandes rasgos, podríamos presentarlas del siguiente modo:
1) Marx
pondrá de relieve por primera vez un nuevo género de esclavitud en que se
hallan las sociedades industriales: la alienación
de los trabajadores. Estos dedican su esfuerzo no para disfrutar el producto de
su trabajo, sino para enriquecer el capital de su patrón. El marxismo dirigirá la filosofía de la teoría a la praxis, primero
analizando el sistema capitalista, luego, mostrando sus contradicciones para,
acto seguido, llamar a la revolución y al cambio de sistema. La influencia del
marxismo en la historia occidental es tan decisiva que el último siglo y medio
resulta incompresible sin él.
2) Nietzsche
denunciará que todo el pensamiento occidental hasta la fecha es puro nihilismo,
porque se construye sobre ideas e ideales que son "trasmundos
imaginarios". El nihilismo, en opinión de Nietzsche, atraviesa Occidente
desde la antigua Grecia, pasando por la religión medieval y la ciencia moderna,
hasta la época industrial. ¿Qué efectos provoca el nihilismo? En una frase: la
negación de la vida, que se oculta bajo trasmundos imaginarios. Su filosofía
tratará de ofrecer conceptos e ideas capaces de "liberar" esa vida
que siempre hemos ocultado. Su influencia ha sido tan grande que muchos
filósofos lo consideran el auténtico padre de la postmodernidad.
3) Freud,
inventor del psicoanálisis, removerá igualmente los pilares del pensamiento
tradicional al hablar por primera vez de un elemento inquietante, pero, en su
opinión, presente y efectivo en la conciencia humana: el inconsciente. ¿Hasta
qué punto el sujeto de conocimiento está determinado por fenómenos psicológicos
insospechados que no se pueden controlar?
Junto a Kant, los filósofos de la sospecha
influyen en buena parte de las filosofías del siglo XX.
c) El
giro lingüístico de la filosofía:
El giro lingüístico de la filosofía
consiste en la enorme importancia que le otorga la filosofía contemporánea al
estudio del lenguaje. El lenguaje desbanca al sujeto de conocimiento como idea
clave del paradigma. ¿En qué sentido?
Hay
dos tesis que establece el giro lingüístico y que asumirán, de un
modo u otro, diversas corrientes filosóficas (prácticamente todas) hasta la
actualidad. Ambas tesis fueron establecidas por primera vez por la "triple-H"
(Hamman, Herder y Humboldt) a comienzos del XIX, pero no se comenzaron a
asimilar hasta el siglo XX.
1ª
tesis: La concepción
tradicional del lenguaje es errónea: hasta el siglo XIX, se pensaba que el lenguaje humano funciona
como un instrumento para representar (nombrar, pensar, traer a colación,
imaginar, señalar, etc.) realidades
independientes (objetos, cosas, referentes externos). Los filósofos de la
triple H serán los primeros en criticar el valor instrumental del lenguaje,
como veremos a continuación.
2ª
tesis: No es posible que
el lenguaje capture ni represente realidades extralingüísticas de forma pura.
Cualquier referente externo se trasforma en significado por medio del lenguaje
y, al transformarse, el referente se pierde. Por lo tanto, dependiendo del
lenguaje que usemos, estableceremos, sin querer, distintos significados de la
misma realidad. En otras palabras: el
lenguaje crea la realidad en el mismo acto de capturarla.
A partir de estas dos tesis se desprenden
una serie de consecuencias que por ahora solo mencionamos, tendremos ocasión de
ver algunas con más detalle a lo largo del curso:
-Se genera una atmósfera relativista
extrema: hay tantas realidades posibles como lenguajes. Parece imposible
sostener criterios de validez en este panorama.
-Se exploran filosóficamente los límites
de los lenguajes humanos: desde lenguajes lógicos hasta lenguajes poéticos y
creativos.
-Se replantea el estudio de la filosofía
tradicional desde nuevas perspectivas, antes insospechadas.
-Buena parte de la filosofía se dedica a
describir y analizar filosóficamente los lenguajes de la ciencia, de la moral y
del derecho.
-Por último, se ofrecen una serie de
propuestas para resolver el problema del relativismo extremo sin renunciar a
las dos tesis del giro lingüístico.
En suma, el paradigma contemporáneo puede presentarse
como un intento de la filosofía para ofrecer criterios de validez tomando como
idea clave el lenguaje.
[1] Las epopeyas son
narraciones poéticas (escritas en versos) que tratan de recordar un gran
acontecimiento en torno a un personaje ilustre. Así, por ejemplo, el
protagonista de la Ilíada es Aquiles,
el de la Odisea Ulises (u Odiseo); en
las obras de Hesíodo los protagonistas son los dioses y los titanes (semidioses
que nacieron antes que los mortales). Para más información sobre mitología
griega consultar la excelente obra de Robert Graves, Los mitos griegos.
[2] Según el filósofo alemán
Hans-Georg Gadamer (s. XX), es un prejuicio tachar a la mitología griega de
"politeísmo religioso". En Homero y en Hesíodo se describen los
dioses, los titanes, los semidioses y los principales héroes mortales, pero
todo ello a través de narraciones mucho más cercanas a la literatura que a la
religión: no son "libros sagrados", no presentan dogmas de fe, sino
historias dignas de contar, porque no dejan indiferente a quien las lee o a
quien las oye recitadas por el poeta.
[3] Aquiles mata a Héctor,
porque Héctor mató a su mejor amigo. Héctor mató al mejor amigo de Aquiles para
defender a su hermano Paris. Paris es odiado por los aqueos porque secuestró a
Helena, hija de Agamenón. Agamenón, rey de los aqueos, quiere defender su
honor. Helena y Paris están enamorados. Paris mata a Aquiles para salvar su
propia vida, etc., etc. En las epopeyas mitológicas todos los comportamientos,
tanto de los dioses como de los mortales, están interrelacionados y tienen su
"razón de ser".
[4] La mitología griega define
la vida como pura tragedia, guerra, lucha, insatisfacción y pérdida. Pero, al
mismo tiempo, describe la gloria, el honor y la grandeza de los mortales que
forjan un sentido, un carácter de ser, en esa lucha y cuenta atrás para dejar
huella. La filosofía, por el contrario, tratará de hallar sentido a través del
pensamiento, sin plasmarlo en personajes literarios ni epopeyas.
[5] El método cartesiano (o
método de Descartes) consta de 4 sencillas reglas que, a su juicio, debemos
aplicar para ser fieles a la razón cualquiera que sea nuestro objeto de
estudio. La primera regla, como hemos dicho, es la evidencia: no tomar por
verdadero nada que no hayamos examinado y percibido como evidente y
absolutamente cierto en sí mismo. La segunda regla, llamada
"análisis", consiste en afrontar los problemas que deseamos resolver
dividiéndolos en sus partes más simples, empezando por lo más simple y fácil
para llegar, poco a poco, a lo complejo. Por ejemplo, si queremos estudiar la
naturaleza geométrica del triángulo, Descartes propone dividirlo en sus
elementos más simples y fácilmente comprensibles (ángulos, puntos, líneas),
para comprobar cómo funcionan en dicho polígono. La tercera regla es inversa a
la anterior, se llama "síntesis": consiste en recomponer lo complejo
que habíamos dividido, entendiendo cómo se organizan y estructuran sus
elementos simples que lo constituyen (en el ejemplo del triángulo, la síntesis
sería comprender que todo triángulo es un polígono de tres lados, de ángulos
cuyos vértices vienen marcados por tres puntos y donde la suma de los ángulos
no debe superar los 180 grados). Por último, y no menos importante, la cuarta
regla es la "memoria" o "enumeración", que consiste en
asignar un orden numérico a todos los pasos que hemos realizado en nuestro
estudio, para no olvidarnos de nada y que por un despiste alteremos el resultado.
[6] Una buena forma de
representar artísticamente la idea clave de la modernidad (el sujeto de
conocimiento), la encontramos en Las
Meninas de Diego Velázquez. El artista se autorretrata pintando la propia
obra. Con ello, Velázquez nos dice: "la realidad depende del sujeto que la
reconstruye".
[7] Los conceptos
"necesario" y "contingente" son opuestos en filosofía. El
primero significa "aquello que es sí o sí", "aquello que ocurre
de todas todas"; en cambio, contingente significa "aquello que puede
ser o, por el contrario, puede no ser". Por ejemplo, necesario es el hecho
de que, si llueve y no llevamos paraguas, nos mojamos; en cambio, contingentes
son las predicciones meteorológicas a largo plazo, como que dentro de 60 días
lloverá en Ceuta. Se dice que las verdades matemáticas (2+2=4) son necesarias;
en cambio, se considera que todas las conjeturas, suposiciones, hipótesis y
pronósticos son contingentes.
[8] Por ejemplo, un empirista
diría: Sabemos que si tocamos el fuego nos quemamos porque lo hemos aprendido a
través de nuestra experiencia, habiéndolo hecho de niños o bien creyendo en los
consejos que nos advierten. Un racionalista, por el contrario, diría: es
posible comprender la ley física universal que justifique, con precisión
matemática y de forma universal y necesaria, por qué el fuego nos quema. Los
empiristas no niegan la validez de las ciencias, pero limitan la capacidad
racional del sujeto de conocimiento a la experiencia y a la costumbre.
[9]
Este debate es la repetición del antiguo entre physis y nómos, sólo que
presentado en clave moderna.
[10] Kant llama a la
intersubjetividad "sujeto trascendental del conocimiento". Dicho
sujeto trascendental no soy "yo", ni "tú", ni
"ella", ni "él"; somos "nosotros" y, puesto que
no es nadie en particular, puede afirmarse que el sujeto trascendental está entre nosotros. Alguien puede
preguntarse... ¿Y no es eso exactamente lo que decían los racionalistas? No.
Para los racionalistas, cualquier persona que razone se convierte en sujeto
racional puro. Para Kant, en cambio, esa posibilidad supera los límites del
conocimiento humano. La razón pura no se realiza en nadie; dicho en otras
palabras: nadie tiene la capacidad de razonar de forma pura. Por tanto, si
somos capaces de ponernos de acuerdo en criterios de validez que sean
universales (por ejemplo, si aceptamos la validez teórica universal del
conocimiento científico, o la validez práctica universal de los derechos
humanos) se debe a que podemos justificarlos de manera intersubjetiva,
accesible para cualquiera que desee comprobarla. Esto implica, por otra parte,
que cualquiera podría corregir y modificar la verdad establecida, presentando
razones a la luz de todos. La intersubjetividad, por lo tanto, es la única
barra de medir los límites de la razón humana.
[11] Para los racionalistas,
el conocimiento humano guiado por la razón pura no tiene límites, podemos
razonar absolutamente todo, incluso la teología. Para los empiristas, en
cambio, el conocimiento humano es totalmente precario y débil, pues se
encuentra limitado a la experiencia. La importancia de Kant es que logra
aportar una solución intermedia, capaz de justificar la validez universal de la
física-matemática (Newton) a la vez que limitar el conocimiento humano a todo
aquello que sea experimentable y comprobable de manera intersubjetiva.
[12] Así como hay unanimidad a
la hora de distinguir los tres paradigmas anteriores, no existe, en absoluto,
acuerdo sobre qué caracteriza al paradigma contemporáneo. Sólo se sabe que no
estamos en la Modernidad. Para algunos filósofos, no debemos clasificar este
paradigma porque aún no está cerrado, y no tenemos la claridad necesaria para
capturarlo desde la distancia histórica requerida. Otros filósofos, sin
embargo, llaman a nuestro paradigma "postmodernidad", palabra que
tuvo enorme éxito, porque se limita a hablar del pensamiento que tiene lugar
después de la modernidad. Otros prefieren hablar de "filosofía
contemporánea" a secas (como es el caso de los autores del libro de Anaya).
En cualquier caso, hay tal diversidad de corrientes filosóficas a partir de
Kant que resulta difícil englobarlas en ideas y problemáticas comunes (más
allá, evidentemente, de su "amor al saber"). Esta situación provocó
el sentimiento de que la filosofía ha descarrilado, o incluso de que la
postmodernidad no es más que un revoltijo de corrientes, una especie de chicle
indigerible donde todo cabe. No obstante, a partir de las últimas dos décadas
ha crecido el acuerdo entre filósofos que optan por denominar a este paradigma
"el giro lingüístico de la filosofía", debido a una idea central que
parece recorrer, si no todas, casi todas las corrientes desde el siglo XIX
hasta la actualidad.
[13] En su obra Crítica de la razón pura, Kant define y
justifica la intersubjetividad como único criterio de validez. Podemos decir
que, en esa obra, la razón humana se critica a sí misma para comprobar sus
límites: si lo representamos en un juicio, ella sería a la vez juez y acusado.
Los críticos de Kant dirán: ¿cómo puede haber neutralidad (y objetividad) en un
juicio semejante? Si la razón humana se autojuzga limitada, ¿cómo podemos saber
que ese veredicto es cierto, ya que está emitido por una razón limitada?
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